Me he vuelto a enamorar, dos veces. La primera: la chica que me atendió en la confitería del centro comercial Buenavista, que si bien no era especialmente bella (muchos la tacharían “del montón” o los más exigentes incluso de “fea”), me trató con una dulzura –al menos eso me apreció a mi- que me llenó por dentro y que culminó con una hermosa sonrisa –tal vez no fuese tan hermosa, tal vez mi juicio se hallaba nublado por su dulzura, pero lo que importa es que a mi me encantó-; ese croissant me supo delicioso, rebosé placer. La segunda fue en la estación de tren, me crucé con una mujer que se me asemejaba a Liz Hurley.

Pero no hay comparación, si bien la segunda era más guapa físicamente, la primera era hermosa en el trato; y todo el mundo supongo sabrá que lo “hermoso” es más que lo “guapo”.

Un grato olor a cierto perfume inunda el tren. "Du Riechst So Gut".