"Todo fluye, nada permanece" diría en su día Heráclito. Esta máxima, junto con las mangueras de los barrenderos en la noche fueron los responsables de mi vuelta a la cordura.

¿Por qué penar a aquella que cambia y fluye cual agua despedida por la manguera, metáfora del rio, y que busca nuevas compañias y sensaciones? No deberiamos; no debimos. Dejemos que fluya, dejémosla ir. ¿No querríamos nosotros lo mismo llegado el momento en que nos acontezca tal hecho?