Desde el palco vacio debería haber visto a los presos interpretar a un descafeinado Shakespeare adornado de macabros payasos cara-de-cuero entre actos. En su lugar le presté atención al combate de boxeo que lidiaban Shostakóvich y Wagner por el control de las ondas FM.

Al son de sus músicas marchaban dos ejércitos al paso de la oca, uno contra otro en rumbo de colisión. Uno, compuesto de hombres sucios, barbudos y zarrapastrosos; el otro, soldados viriles, bien cuidados, con lustrosos uniformes negros que provocan sentimientos homosexuales. Entran en contacto en la plaza, donde se pisan los unos a los otros; cráneos aplastados, pechos hundidos, asfixia y chapoteos de sangre. Chlof chlof, chlof.

Todo lo contemplo desde mi atalaya, quemando billetes en una fogata para calentarme mientras niños famélicos a los pies de mi torre piden algo que llevarse a la boca. El rifle está preparado y bien cerca por si a los leones les da por querer morderme.

¿Cómo acaba todo? Pues con cuatro chaperos en cueros descorchando una cola nuclear. Tanto gas estaba claro que no era bueno…
El hongo crece a ritmo ahora de una canción de los 50. Moreno de invierno vamos todos a tener. Me pongo las sunglasses; el arte final quema las retinas.