El concierto de piano dado en la cafetería del hotel hacía tiempo que ya había acabado; solo quedaban los camareros aseando el lugar que se retiraron sin acabar su labor cuando la pareja entró al local y se dio a eso que llaman el “amor” sobre el piano. Él la tumbó sobre el gran instrumento, quitó sin delicadeza su feo vestido rojo y mordió sus labios pintados de red army passion. Y ahí se dieron.
Poco después entró El Otro. No había ya nadie; los camareros habían acabado. El local estaba en penumbra. Siempre le había gustado la música de piano así que se acercó a él con la intención de “tocar” alguna pieza. Cuando sus dedos entraron en contacto con las teclas notó algún tipo de sustancia acuosa. La olió extrañado: una mezcla de sudor, orina y bacalao. Sexo. Volcó la banqueta de una patada y aporreó furioso las teclas. ‹‹¡Puta!›› gritó. Cogió del bar la primera botella de contenido alcohólico que pilló, bebió un buen trago y el resto lo derramó sobre el piano. Encendió una cerilla y la arrojó a la mezcla de alcohol y fluidos humanos. Great ball of fire; Jerry Lee Lewis estaría orgulloso. Pero no contento aun, cogió un hacha de incendios y destrozó con ella las teclas. El piano se consumió.
Fue a recepción. Allí el recepcionista le entregó una nota:
‹‹No te diré halagos porque te los crees y es malo, no, solo decirte que me alegro.›› G. van K.
Una sonrisa perversa se dibujó en su cara.
-Oye, amigo –dijo dirigiéndose al recepcionista-, ¿sabes dónde podemos divertirnos un rato?
Y un rato después estaban en un nightclub meneándose a ritmo de Celebration pasados de vodka. Risas y diversión recuerda, o eso cree.
A la mañana siguiente despierta solo en una cama de lo que parece una habitación de hotel. Le escuece el ano; le duele la cabeza.
-Dioss…
Mal aseado y desaliñado baja con gafas de sol a modo de antifaz a la recepción; es el mismo hotel. Allí, tras el mostrador, está el recepcionista que le guiña un ojo y le lanza un beso. El Otro aparta la vista y baja la cara avergonzado. Sale a la calle. Camina con los ojos cerrados queriendo hacer como la avestruz, sale de la acera y un taxi le atropella. El conductor era inmigrante ilegal por lo que no paró a atender al pobre desgraciado cuyo cuerpo retorcido yacía en el asfalto. Los transeúntes fueron lentamente acercándose a lo que creían un cadáver. Una limusina paró delante de El Otro. De la ventana del techo salió una joven escuálida, sin pecho, metida en un vestido color caqui no muy favorecedor y coctel en mano junto con su maromo y música de David Guetta. ‹‹Oh, pobrecillo›› dijo. Tomó un puñado de billetes de su bolso y los lanzó al cuerpo agonizante. Entre risas se fueron.
-Damn bitch!

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